Pérdida gestacional y dificultad para concebir. Otro 8 de marzo…

Pérdida gestacional y dificultad para concebir. Otro 8 de marzo, es una carta que trata sobre sentimientos poco comprendidos. Es una carta acerca de una cuestión delicada que a día de hoy es aún tabú: la pérdida gestacional y la dificultad para concebir que sufrimos algunas mujeres.

Otro 8 de marzo, es una carta real, con personajes reales, pero también es un grano de arena en la tarea de visibilizar la pérdida gestacional y las dificultades para concebir. La probabilidad de embarazos que se interrumpen es mayor que antes, cuando nos quedábamos embarazadas a edades menos tardías. A más edad, más dificultad para concebir, más embarazos que se interrumpen espontáneamente y consecuentemente… más expectativas incumplidas que requieren empatía, solidaridad y, a veces, acompañamiento psicológico.

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Otro 8 de marzo

Otro 8 de marzo acaba de pasar. Es el sexto día internacional de la mujer que pasa desde que naciste. Naciste de una madre, mujer de bandera, que bien podría representar a todas las mujeres que sentimos que es importante marcar en el calendario ese día. No para celebrar sino para reivindicar la igualdad a la que muchas mujeres no tienen acceso. Afortunadamente, tu madre, como muchas otras, a base de conciencia, principios y trabajo, vive en igualdad y ella lo tiene muy presente. Doblemente presente, porque un 8 de marzo, tú naciste, y ella se convirtió en madre.

Pero hoy no he venido a hablarte de tu madre, sino de otra madre que ese 8 de marzo aún no lo era. ¿Sabes? Cada año, yo también tengo doblemente presente el día 8 de marzo. Ese día, mientras tú nacías, yo, aún sin saberlo, experimentaba los últimos coletazos de un periodo negro, de desesperanza y hundimiento.

Hasta ahora, nunca había puesto en pie la historia completa, ni siquiera desde la distancia del tiempo transcurrido, y desde el final feliz.

En este 8 de marzo, voy a escribirte esta carta

Yo, quería un hijo, y lo quise durante mucho tiempo. Durante todo ese tiempo me dio tiempo a imaginar con todo lujo de detalles como sería mi vida con mi hijo, como sería mi familia. El tiempo seguía pasando, y yo seguía imaginando. Comer con amigos, hacer senderismo, ir al teatro… para cada plan que hacía imaginaba la versión familiar con un hijo.

Un día, después de… no recuerdo cuánto tiempo, por fin ocurrió. Estaba embarazada. Me alegré. Estaba contenta, pero sobre todo tenía un miedo indescriptible. Me esforcé por recordar continuamente que el principio de un embarazo es un proceso muy frágil. Recordé cada día que, como en un porcentaje alto de casos, podía detenerse, e intenté prepararme por si ocurría.

Intenté prepararme por si el embarazo de detenía. Se detuvo. Me dolió el cuerpo y el alma, pero mi trabajo de auto-convencimiento pareció haber funcionado. Lo encajé, esperé y volvimos a buscar un embarazo. Intenté estar tranquila, desterrar la impaciencia, y parecía que, durante meses (¿o fueron días?) lo conseguí. ¿Cómo? Me convencí de que en esos días estaba inmersa en un paréntesis que se cerraría cuando volviera al punto inmediatamente anterior a su apertura: el instante antes de saber que había sufrido un aborto. Pasé a formar parte de la larguísima lista de mujeres que habían sufrido una pérdida gestacional.

Durante los días que creí en un paréntesis, hice alarde de un autocontrol implacable, pero me rompí. Me rompí cuando descubrí que no había paréntesis, que la vida seguía para todos, y yo seguía sin hijo.

No había paréntesis

La vida quiso que tuviera que entender que la idea en la que había basado toda mi entereza era muy frágil. Podía haber sucedido con cualquier otro hecho, pero se desmoronó cuando empezaste a formarte dentro de tu madre. Para tu madre, uno de los vértices de mi triángulo, la vida siguió, para ti empezó, y yo, me hundí.

La vida siguió y yo me hundí

Los días pasaron y se fueron haciendo amargos, oscuros. Al mismo tiempo la combinación de impaciencia e ira me confundía. Mi familia se esforzó por entender mi estado pero era (y soy) consciente de que no era fácil: vieron cómo pasé de tener una actitud totalmente racional a estar hundida y desconsolada. Descubrí que la cuestión del aborto espontáneo es tabú, y descubrí que es difícil para la familia entender el dolor que llega a causarte. (debí haber acudido a un profesional).

No. No acompañé a tu madre durante su embarazo. Intenté estar a la altura del acontecimiento y estar al día de tus avances intrauterinos. Puse voluntad para separar mis sentimientos negativos de ti y de tu madre, pero no tuve éxito. Nos hubiéramos merecido disfrutar de la compañía mutua en esos días tan emocionantes del primer embarazo. Sentí miedo, a veces, al imaginarme el momento de tu llegada al mundo: me repetía que tenía que quererte.

Tenía que quererte

Por suerte hablé. Hablé sin un filtro que tenía que usar para hablar con mi familia. Recuerdo que vomitaba toda clase de ideas directamente desde las entrañas al teléfono. Al otro lado estaba ella, mi otro vértice del triángulo, que escuchó con paciencia y amor. Entre charla y charla, dibujé el esquema de la actitud que quería tener contigo cuando llegases a este lado de la vida.

Y llegó el 8 de marzo

Y…llegó el 8 de marzo y naciste. Por la mañana temprano conduje durante una hora y fui a conocerte. Había decidido que quería estar presente en tu vida desde el principio. Ni siquiera consulté con tus padres si les parecía bien que me presentase en el hospital. Llegué allí, aparqué y llamé a mi otro vértice, más nerviosa de lo que había estado en mucho tiempo. Como en otras ocasiones vomité palabras sin filtro enfadada y nerviosa, y así, de su mano, fue que salí del coche y entré en el hospital.

Te ví. Y me sentí en paz, te quise y quise a tu madre más de lo que la había querido nunca. Le agradecí sin decirlo la paciencia que había tenido conmigo, su disposición, su empatía las veces que rompí a llorar a su lado, sus palabras, las veces que dio un paso atrás para respetar mi dolor... Estaba teniendo sentimientos positivos por primera vez en meses. Podía haber sido de cualquier otro modo pero se empezó a cerrar la puerta de la desolación en el momento en que te vi, recién nacido, ese 8 de marzo.

Desde ese momento, no puedo decir que me quedase por recorrer un camino de rosas pero, fue mejorando. Fuimos obteniendo respuestas y recondujimos el modo de conseguir nuestro objetivo. Y mejoró tanto que un año y medio después nació mi hijo, y esos días de frustración y tristeza quedaron atrás.

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